Camino de Santiago

Despierta y levántate a la primera. Camina sin pensar en lo que queda para llegar al destino. Disfruta de cada momento.

Esas son las tres reglas básicas que a lo largo de los últimos tres años he aprendido en el Camino de Santiago.

Pueden parecer obviedades, pero son las reglas que transforman una experiencia dura en lo físico en un gran regalo para la persona.

Me he dado cuenta de que la perspectiva que aporta el individuo ante un obstáculo es el rasgo más definitorio de nuestras propias capacidades.

El Camino de Santiago es un diálogo constante con uno mismo, el tiempo perfecto para conocerse mejor y aunque el recorrido haya sido igual en las tres ocasiones, el Camino siempre es distinto.

Este año llegaba como «agua de mayo», después de 10 meses de una intensidad muy alta, la idea de poner el modo avión durante unos días… era muy interesante. 115 kilómetros y 5 días compartidos con amigos. Y no, no ha defraudado.

Inicio del Camino de Santiago con la peregrinación de la Parroquia de San Jaime Apóstol de Moncada

Etapa 1 Sarria — Portomarín

Es la toma de contacto con la tierra del camino, las primeras cuestas que te hacen pensar que otro año más «no vas a ser capaz», «no te has preparado lo suficiente» o como en mi caso, «no has movido un dedo y ahora veremos quién llega a Santiago».

Hay personas que cada año me preguntan por la experiencia, si va a ser capaz, qué zapatillas, qué mochila… no pretendo responder a eso, pero sí os dejo por aquí un artículo que para mí fue muy útil en su momento: Consejos para hacer el Camino de Santiago.

El primer día me sentía fuerte, fui andando rápido y disfruté de la parada «obligada» en Casa Morgade. Cerveza y empanada, que como dice el amable hostelero «están recién cogidas del árbol empanadero». Gallegos.

Niebla en el camino hacia Palas de Rei

La llegada hacia Portomarín se hace larga. Se ve desde la distancia y eso lo ralentiza todo, pero una vez entras por la escalinata y pasas por debajo de la Capilla de las Nieves, has llegado y vale la pena. Portomarín es un pueblo muy pequeño, pero encantador a la vez.

«Hacedme caso, hombres. Boxers sí o sí»

Ducha, comida y descanso y toda una tarde por delante. Celebrar la Eucaristía, dar un paseo y comprar ropa interior adecuada, que a pesar de ser la tercera vez que hago el Camino, todavía no había aprendido la lección. Este año ya sí.

Etapa 2 Portomarín — Palas de Rei

6:30, ojos como platos. Nadie duerme en un albergue más allá de esa hora. Muchos peregrinos echan a caminar a las 6:00, o antes incluso. 24 kilómetros de recorrido, montaña a través, con largas subidas que se llevan mejor entre la niebla de la mañana, pero que se vuelven durísimas con los rayos del sol.

Conversaciones con amigos, saludos y «buen camino» a casi todos los peregrinos que adelantamos (o nos adelantan). Estos días son perfectos para profundizar en las relaciones personales, conocerse mejor unos a otros, compartir experiencias y poner en común aquello que de normal nos guardamos para nosotros mismos.

Parada obligada a mitad del camino. Sello y Fanta (o KAS) de limón con mucho hielo, que se ha convertido en mi combustible preferido estos días. Bajadas interminables de las que realmente hacen daño en rodillas y pies y últimos kilómetros recorridos con más compañía.

Después de 6 largas horas, justo a 1 km de Palas de Rei está el albergue público para grupos y con la comida ya hecha, una ducha y a descansar. Algunos peregrinos han llegado antes que yo y el segundo día se les ha hecho mucho más duro. Cada día hay más que pasan por «enfermería» y son más los que recurren al paracetamol para los dolores de espalda, piernas y pies.

Eucaristía en Palas de Rei

Allí, la naturaleza nos regala grandes explanadas bien cuidadas donde poder celebrar la Eucaristía, sentarnos a tocar la guitarra y hacer tiempo hasta la hora de cenar. Tras la cena, conjura general para salir más temprano al día siguiente.

Etapa 3 Palas de Rei — Ribadiso

Día clave. Cruzamos el ecuador del Camino y hay muchas ganas de llegar a un albergue de piedra, situado sobre un río en el que solo algunos valientes se sumergirán más allá de las rodillas (no es mi caso).

A las 6 echamos a andar. En lo personal, esta etapa es la que más me cuesta. Son 30 kilómetros con mucho desnivel positivo y negativo.

Las piernas habían dicho basta desde primera hora, inflamación en la rodilla y a pesar de no tener las temidas ampollas, cada paso se sentía muy adentro.

El objetivo, llegar a Melide ¿Por qué? Por el pulpo.

Está más o menos a mitad de la etapa, pero afrontar 15 km más, después de una buena ración y un par de copas de vino, es un poco más difícil. Este año paramos en A Garnacha y no defraudó.

Pulpo a Feira en A Garnacha, Melide.
Pulpería A Garnacha, Melide.

Sorprendentemente, las cuestas que recordaba a 5 – 6 km del albergue me dieron más motivación que miedo y las piernas respondieron. A partir de ahí, buscaba cada señal del camino para ver cómo iba bajando la distancia y llegué antes de lo previsto, con más fuerzas de lo que podía esperar.

Dejé de sentir de rodillas hacia bajo por la temperatura del agua del río Iso y la ensalada de pasta me ayudó a reponer fuerza. He de decir que cada etapa teníamos una bolsa con almuerzo, bocadillo, zumo, barrita energética y frutos secos. Así es normal que todo salga bien.

Cuando llega la noche y sabes que es hora de acostarte, la alegría pasa a ser nostalgia por tener que despedirte, otro año más, de tan maravilloso lugar pero el Camino de Santiago no puede parar.

Etapa 4 Ribadiso — O Pedrouzo

Circunstancias del Camino me llevan a querer andar solo para pensar. La mejor forma de hacerlo es salir rápido y llevar tu propio ritmo, por lo que tras la oración de la mañana, salimos del albergue y tuve todo el tiempo del mundo para andar a mi aire.

Es una etapa «fácil» comparada con la del día anterior. 22 km y camino bastante bonito, salimos con menos prisa y el sol no es demasiado intenso hasta casi las 12 de la mañana. Es de esos días que sientes que tu cuerpo responde genial. Si hay una cuesta, motivado, si hay una bajada, pequeña carrera. Además, recordaba de años anteriores que en la entrada del albergue se formaban unas colas terribles. Valía la pena llegar pronto para ser de los primeros en entrar. Y así fue.

O Pedrouzo no es un municipio con demasiado encanto, ni su albergue, pero ya da igual. Santiago está a un paso y la idea de llegar al final del camino es lo que inunda prácticamente todos los pensamientos.

Ese día celebramos la Eucaristía conjuntamente con un grupo scout italiano y la misa fue de lo más internacional. Un canto en un idioma, una lectura en otro… y así. Una prueba de que el Jefe no entiende de lenguas, ni de naciones. Pero todos los que creemos en Él, tenemos un punto de encuentro.

Etapa 5 O Pedrouzo — Santiago de Compostela

Día final. Suenan los despertadores 4:45, los 18 km hasta la Plaza del Obradoiro se hacen bastante largos y pesados, más vale salir pronto para poder llegar a la misa del peregrino que esta vez no se podrá realizar en la Catedral de Santiago al estar en obras.

Los primeros kilómetros son a través de bosque y rodeando el aeropuerto, es noche cerrada todavía y las estrellas inundan el cielo.

Es una imagen preciosa, pero se torna cada vez más aburrida conforme nos acercamos al Monte do Gozo. Es como la puerta de la ciudad, pero su nombre bien lo indica, es un monte y hay que subirlo.

Algunos rezagados hacen que el grupo espere más de una hora en el monumento del monte, momento que aprovechamos para almorzar y descansar. A partir de ahí, bajamos todos juntos hasta Santiago. O llegamos juntos, o no llegamos.

Personalmente, entrar en Santiago es muy especial, pero escuchar las gaitas a escasos metros de la plaza, pone la piel de gallina. Descubrir la fachada de la Catedral, echar la vista al cielo y agradecer al de ahí arriba que lo haya hecho posible, es maravilloso.

Llegue quien llegue, sea creyente o no, cristiano o no, entrar en la plaza tras haber andado varios días, es una sensación difícil de describir. Pero si además tenemos en cuenta que la motivación que soporta todo es una cuestión de fe, es mucho más intensa.

Una comida en un restaurante que sabe a gloria, un momento de reflexión tumbado en la plaza y una cerveza a pocos metros de la catedral ponen el final a otra peregrinación a Santiago de Compostela.

Quizá no haya sido todo lo concreto que cabía esperar, pero hay cosas que prefiero guardar para mí.

El Camino de Santiago tiene algo especial. A mi me abrió los ojos y el corazón y desde entonces, todo ha cambiado a mejor. Merece la pena sufrir por aquello que te hace feliz, crecer en confianza con aquellos que caminan a tu lado y compartir absolutamente todo con una familia nueva durante los días de camino hasta Santiago.

Pablo, ese hombre tranquilo y muy pero que muy especial para mí.

Y como diría este señor que me acompaña en la foto «paciencia, que todo llega». Algunos tuvimos la suerte de descubrir esta maravilla hace un par de años. Otros lo harán pronto y los habrá que jamás conozcan lo que se están perdiendo.

Por mi parte, solo puedo dar gracias a Dios el haberme puesto cerca a tanta gente tan buena.